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Resumen
- 02/06/2008 18:35 - ΤΕΛΟΣ
02/06/2008
ΤΕΛΟΣ
Después de un curso tan intenso, en que la mayoría me habéis tenido que aguantar ocho horas a la semana, ha llegado la hora de la despedida. No me gustan las despedidas, nunca sé qué decir. Pero hay que hacerlas. Aunque sé que no puedo llegar a las cumbres líricas de Medusa, había pensado escribiros yo algo mío (y a lo mejor lo hago dentro de unos meses, cuando ya no haya riesgo de que ninguno de vosotros siga leyendo el blog... ), pero he encontrado este poema de Antonio Colinas y, de momento, no se me ocurre otra manera mejor de deciros adiós. Creo que refleja una situación parecida a la que nos encontramos ahora (excepción hecha, naturalmente, del leve tono erótico del poema) y, además, es una variante del tópico del carpe diem, que tan buenos recuerdos os traerá a todos (o a casi todos) a partir de ahora y para el resto de vuestra vida. Como la inmensa mayoría sois chicas, el poema está dedicado especialmente a vosotras. Fran y Dani, que son unos caballeros, seguro que lo comprenderán. Jennifer y Ana: sacad los pañuelos.

Tras la lectura de unos versos
Mirra, Fedra, Pasifae, Canace, Scylla,
adiós.
Adiós, pues nos dejáis como nos deja la juventud,
como si primavera no volviera jamás.
Sobre un vasto panorama de ruinas,
a la orilla del mar, desaparecéis
como desaparece
el perfume, el misterio de las noches.
Mirra, Fedra, Pasifae, Canace, Scylla,
ya nada importan
aquellos versos que os parecían tristes,
pues hasta las palabras se consumen
en el fuego de vuestra ausencia.
¡Qué ciego, qué violento torbellino de soledad
tras el silencio de vuestras figuras
borrosas en el fondo de un camino
confuso, oscurecido de cipreses,
en la enfermiza, malsana, eternidad de la tarde!
Mirra, Fedra, Pasifae, Canace, Scylla,
adiós, ya que han huido
con vosotras los labios, las sonrisas
maravillosas y maravilladas.
Como bajo cuchillos,
yo aquí me quedo bajo la amenaza
de las frágiles hojas cenicientas
de los años contados.
Esta tarde en que dejáis caer vuestras miradas
en mis ojos,
deseo ardientemente que el tiempo se detenga
y que nunca más pase, pues ansío sentir
por siempre esta dulzura que enamora mis huesos.
Madura en vuestras bocas la luz
y vuestros cuerpos jóvenes,
que podría alcanzar con mis dedos, son lentos
como ríos de lava.
Ya lejos de vosotras,
sonámbulo en la sombra
que entreabre y aroma primavera,
quiero deciros algo dulcemente,
quiero mover los labios,
mas sólo brota de ellos un inútil temblor.
Y en el pecho se queda la frase luminosa:
pasarán vuestros años, os hablarán de muerte,
viviréis confundidas esperando vejez,
pero sé que habrá un sitio
donde no morirá jamás vuestra hermosura.
Antonio Colinas

